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La Enfermedad.
Como muchas mujeres de la época, Elizabeth Barret fue educada en el hogar. Allí, bajo la atenta mirada de Hugh Stuart Boyd, un vecino de la familia, Elizabeth logró dominar la literatura clásica antes de cumplir los 14 años.
En esos años de adolescencia, Elizabeth Barret contrajo una extraña enfermedad pulmonar. Muchos coinciden en que se trató de tuberculosis, pero no todos se ponen de acuerdo en este punto, ya que otros historiadores afirman que el mal que la aquejaba era una lesión en la columna vertebral, producida por una caída. Lo cierto es que su familia consideró que sus facultadas estaban limitadas, se la recluyó en el hogar, y desde entonces fue tratada como una inválida.
El escenario en donde Elizabeth Barret pasaba sus días era abrumadoramente silencioso; los muros de la casa se cerraban a su alrededor: los criados, bajo las estrictas órdenes del padre, sólo tenían permitido susurrar para no alterar los nervios de la joven. Casi podría decirse que en esas condiciones era muy difícil no considerarse enfermo.
La voluntad de Elizabeth era de una mansedumbre conmovedora, pronto aceptó con resignación su solitaria condición, y jamás cuestionó las imaginarias limitaciones impuestas por los médicos. Su padre, un hombre pragmático y lleno de sabios ideales sobre lo que debía o no hacer una mujer, era una presencia omnisciente en la casa. Creía que el deber de su hija era resignarse, y prohibió que recibiese visitas por temor a que despertasen en ella nuevas dolencias.
Así fue que Elizabeth Barret se convirtió en un lívido fantasma, cuya única alegría consistía en aquellas temerosas expediciones a la biblioteca de su padre, dónde entre suspiros y lágrimas, su espíritu se saciaba de dolorosos cielos azules y profundas bóvedas nocturnas.
La figura de Elizabeth Barret comienza a crecer en aquella biblioteca: su inteligencia prodigiosa la llevó a recorrer los pasajes más laberínticos de la literatura. No sabemos cuando oyó la llamada lacerante de la poesía, pero sí sabemos que alguna perdida tarde entre viejos volúmenes, con su pálida piel acariciada por la luz de una tibia lámpara, Elizabeth Barret urdió sus primeras fantasías.
En 1844 las visiones de Elizabeth Barret fueron conjuradas en un libro, dividido luego en dos volúmenes, y titulado sencillamente Poems.
Robert Browning, de quien ya hemos hablado, leyó los poemas de Elizabeth y quedó profundamente conmovido por la dulzura y la musicalidad de los versos de nuestra dama. Presa de aquella romántica impresión, el poeta le escribió una bellísima carta a Elizabeth, de la cual sólo citaremos una línea, acaso la que marcaría la vida de ambos para siempre:
Así comenzó una de las relaciones epistolares más románticas e intrincadas de la historia. Ambos utilizaban una infinidad de términos oscuros en las cartas; con constantes citas a los clásicos griegos. Poco a poco fueron creando un lenguaje común, propio de todos los enamorados, salvo que en este caso se trataba de la lengua de los poetas.
Cierta tarde, Elizabeth Barret se dispuso cómodamente a leer una nueva carta de su platónico amante. En ella, Robert Browning le comunicó su firme intención de conocerla. Ella reaccionó con gran angustia, ya que siempre se había visto ajena a los embates masculinos. En una rápida carta, Elizabeth le respondió que el encuentro sería imposible, asegurando que los médicos le tenían prohibido cualquier encuentro social, y más aun si éste era con un desconocido.
Pero Robert Browning no cedió. Con una astucia que sólo proveen la desesperación y el amor, le respondió que entendía la posición de los médicos, pero que seguramente ellos no se opondrían a que salga a pasear con su prometido.
No había manera de negarse a semejante propuesta.
Elizabeth Barret y Robert Browning acordaron en salir a pasear en coche; solos, sin damas de compañía ni molestos criados que viniesen a importunar aquel primer momento de intimidad. Por lo que comentan sus biógrafos, tampoco su padre estuvo al tanto del encuentro. Como es sabido, ciertos espectros pierden poder ante el amor.
Imaginamos la angustia y la ansiedad de Elizabeth minutos antes de encontrarse con su amado. Hacía años que no salía a la calle, y realmente temía sufrir una indisposición en un momento tan inoportuno.
Primero caminaron algunos metros en silencio, luego ella posó una mano sobre un árbol, y comprobó que el aire fresco no la perjudicaba.
Esa misma tarde acordaron en escaparse. Se casaron en secreto y a los pocos días huyeron a Italia.
Su padre nunca perdonó lo que consideraba una traición. Cada carta que Elizabeth le enviaba era prolijamente quemada. Su orgullo no cedió en ningún momento, ni siquiera cuando los padecimientos de su hija se agravaron peligrosamente.
La pareja participó activamente en la vida social de Italia; y ambos apoyaron fervientemente su lucha contra Austria.
Vivieron en una felicidad que no tuvo precedentes en sus vidas. Florencia les brindó un refugio paradisíaco, y allí pasaron los quince años de matrimonio que compartieron.
A comienzos de 1861, las dolencias de Elizabeth Barret Browning fueron creciendo en intensidad, y a mediados de ese año su voluntad finalmente se quebró. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio protestante de Florencia, pero su alma siguió agitándose en los versos de Robert, y aun persiste, brillante e incansable, en los corazones de quienes nos hemos sentido acompañados por sus poemas
una grandisima poetisa ...esta fue su vida